Toda empresa que se niega a eliminar lo obsoleto termina castigando lo que podría innovar.
Ese es el conflicto interno que muchas organizaciones peruanas evitan enfrentar: prefieren conservar estructuras conocidas antes que liberar espacio para nuevas formas de crear valor.
Destrucción creativa
La destrucción creativa no es una consigna académica. Es una disciplina empresarial. Implica aceptar que productos, procesos, áreas e incluso cargos que ayer funcionaron hoy pueden estar drenando recursos.
DMantenerlos no es prudencia; es miedo disfrazado de estabilidad.
El problema aparece cuando la empresa protege lo existente por razones políticas internas. Áreas que no se cierran porque “siempre estuvieron”. Procesos que sobreviven porque alguien los diseñó. Proyectos que continúan para no reconocer errores. Así, la organización se convierte en un museo de decisiones pasadas financiado con capital presente.
Eliminar lo que no crea valor es incómodo. Genera resistencia. Afecta equilibrios internos. Pero también libera algo escaso: capital para innovar de verdad. Tiempo directivo. Talento creativo. Presupuesto para experimentar. Energía organizacional que hoy está atrapada sosteniendo ineficiencias.
Las empresas que innovan no son las que más ideas generan, sino las que mejor limpian su estructura.
Reducen complejidad. Cortan duplicaciones. Desarman burocracias internas. Dejan de financiar lo que no rinde y reasignan recursos hacia donde hay retorno potencial. Eso no es caos; es racionalidad económica aplicada al interior de la empresa.
La alta dirección tiene aquí una responsabilidad clave. Innovar no empieza creando algo nuevo, empieza dejando morir lo que ya no sirve. Sin esa decisión, cualquier discurso innovador es solo marketing interno.
Para el gerente peruano, el mensaje es directo:
si tu empresa dice que quiere innovar pero no está dispuesta a eliminar nada, no está innovando.
Está acumulando lastre.
La destrucción creativa no destruye valor.
Destruye la ilusión de que todo debe conservarse.
Y solo después de esa limpieza, la innovación deja de ser un eslogan y se convierte en estrategia real.
por José Luis Tapia Rocha, economista, Director General de ILE, Catedratico de Economía Politica.
Toda empresa que se niega a eliminar lo obsoleto termina castigando lo que podría innovar.
Ese es el conflicto interno que muchas organizaciones peruanas evitan enfrentar: prefieren conservar estructuras conocidas antes que liberar espacio para nuevas formas de crear valor.
Destrucción creativa
La destrucción creativa no es una consigna académica. Es una disciplina empresarial. Implica aceptar que productos, procesos, áreas e incluso cargos que ayer funcionaron hoy pueden estar drenando recursos.
DMantenerlos no es prudencia; es miedo disfrazado de estabilidad.
El problema aparece cuando la empresa protege lo existente por razones políticas internas. Áreas que no se cierran porque “siempre estuvieron”. Procesos que sobreviven porque alguien los diseñó. Proyectos que continúan para no reconocer errores. Así, la organización se convierte en un museo de decisiones pasadas financiado con capital presente.
Eliminar lo que no crea valor es incómodo. Genera resistencia. Afecta equilibrios internos. Pero también libera algo escaso: capital para innovar de verdad. Tiempo directivo. Talento creativo. Presupuesto para experimentar. Energía organizacional que hoy está atrapada sosteniendo ineficiencias.
Las empresas que innovan no son las que más ideas generan, sino las que mejor limpian su estructura.
Reducen complejidad. Cortan duplicaciones. Desarman burocracias internas. Dejan de financiar lo que no rinde y reasignan recursos hacia donde hay retorno potencial. Eso no es caos; es racionalidad económica aplicada al interior de la empresa.
La alta dirección tiene aquí una responsabilidad clave. Innovar no empieza creando algo nuevo, empieza dejando morir lo que ya no sirve. Sin esa decisión, cualquier discurso innovador es solo marketing interno.
Para el gerente peruano, el mensaje es directo:
si tu empresa dice que quiere innovar pero no está dispuesta a eliminar nada, no está innovando.
Está acumulando lastre.
La destrucción creativa no destruye valor.
Destruye la ilusión de que todo debe conservarse.
Y solo después de esa limpieza, la innovación deja de ser un eslogan y se convierte en estrategia real.
por José Luis Tapia Rocha, economista, Director General de ILE, Catedratico de Economía Politica.